4 COLUMNAS:

SALVACIÓN, GRACIA DE DIOS, IGLESIA Y VIDA ETERNA.

SEGUNDA COLUMNA – LA GRACIA DE DIOS

Clase 6: La Ley vs La Gracia

INTRODUCCION – EL ETERNO DEBATE

Una parte dice: «La salvación es por gracia y sólo por gracia». Y la otra parte contesta: «Esa idea lleva a la anarquía. La norma justa de Dios en la Ley se debe mantener». Y alguien más dice: «La salvación es por gracia, pero la gracia sólo viene a aquellos que obedecen la Ley de Dios». En el fondo del debate hay diferentes puntos de vista sobre la base de la salvación. La importancia del tema nos ayuda a alimentar la intensidad de la discusión.

Cuando la Biblia habla de «la ley», se refiere al estándar detallado que Dios le dio a Moisés, comenzando en Éxodo 20 con los Diez Mandamientos. La Ley de Dios explicaba Sus requisitos para un pueblo santo e incluía tres categorías: leyes civiles, ceremoniales y morales. La Ley fue dada para separar al pueblo de Dios de las naciones malvadas que lo rodeaban y para definir el pecado (Esdras 10:11; Romanos 5:13; 7:7). La Ley también demostró claramente que ningún ser humano podía purificarse lo suficiente para agradar a Dios, es decir, la Ley reveló nuestra necesidad de un Salvador.

En la época del Nuevo Testamento, los líderes religiosos habían manipulado la Ley y le agregaron sus propias reglas y tradiciones (Marcos 7:7-9). Mientras que la Ley en sí misma era buena, era débil en cuanto a que carecía del poder para cambiar un corazón pecador (Romanos 8:3). El cumplimiento de la Ley, tal y como la interpretaban los fariseos, se había convertido en una carga opresiva y agobiante (Lucas 11:46).

Fue en este clima legalista que Jesús vino, y era inevitable el conflicto con los hipócritas árbitros de la Ley. Sin embargo, Jesús, el Legislador, dijo, «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mateo 5:17). La Ley no era mala. Servía como un espejo para revelar la condición del corazón de una persona (Romanos 7:7). Juan 1:17 dice, «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». Jesús encarnó el equilibrio perfecto entre la gracia y la Ley (Juan 1:14).

Dios siempre ha sido lleno de gracia (Salmo 116:5; Joel 2:13), y la gente siempre ha sido salva por la fe en Dios (Génesis 15:6). Dios no cambió entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (Números 23:19; Salmo 55:19). El mismo Dios que dio la Ley también dio a Jesús (Juan 3:16). Su gracia se demostró a través de la Ley al proveer el sistema de sacrificios para cubrir el pecado. Jesús nació «bajo la ley» (Gálatas 4:4) y se convirtió en el sacrificio final para llevar la Ley a su cumplimiento y establecer el Nuevo Pacto (Lucas 22:20). Ahora, todo aquel que se acerca a Dios por medio de Cristo es declarado justo (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 3:18; Hebreos 9:15).

El conflicto entre Jesús y los fariseos surgió inmediatamente. Muchos de los que habían vivido durante tanto tiempo bajo el sistema opresivo de los fariseos aceptaron con agrado la misericordia de Cristo y la libertad que ofrecía (Marcos 2:15). Algunos, sin embargo, vieron esta nueva demostración de gracia como algo peligroso: ¿qué evitaría que una persona se deshiciera de toda restricción moral? Pablo trató este tema en Romanos 6: «¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (versículos 1-2). Pablo aclaró lo que Jesús había enseñado: la Ley nos muestra lo que Dios quiere (santidad), y la gracia nos da el deseo y el poder de ser santos. En lugar de confiar en la Ley para salvarnos, confiamos en Cristo. Somos liberados de la esclavitud de la Ley por Su sacrificio una vez y para siempre (Romanos 7:6; 1 Pedro 3:18).

No hay conflicto entre la gracia y la Ley, si se entiende bien. Cristo cumplió la Ley por nosotros y nos ofrece el poder del Espíritu Santo, que motiva a un corazón regenerado a vivir en obediencia a Él (Mateo 3:8; Hechos 1:8; 1 Tesalonicenses 1:5; 2 Timoteo 1:14). Santiago 2:26 dice: «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta». Una gracia que tiene el poder de salvar también tiene el poder de motivar un corazón pecador a la santidad. Donde no hay deseo de ser piadoso, no hay fe para salvar.

Somos salvos por la gracia, por medio de la fe (Efesios 2:8-9). El cumplimiento de la Ley no puede salvar a nadie (Romanos 3:20; Tito 3:5). De hecho, aquellos que reclaman justicia basándose en su cumplimiento de la Ley sólo piensan que están cumpliendo la Ley; este fue uno de los puntos principales de Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 5:20-48; ver también Lucas 18:18-23).

El propósito de la Ley era, básicamente, llevarnos a Cristo (Gálatas 3:24). Una vez que somos salvos, Dios desea glorificarse a sí mismo a través de nuestras buenas obras (Mateo 5:16; Efesios 2:10). Por lo tanto, las buenas obras siguen a la salvación; no la preceden.

El conflicto entre la «gracia» y la «Ley» puede surgir cuando alguien 1) malinterpreta el propósito de la Ley; 2) redefine la gracia como algo diferente a «la benevolencia de Dios sobre los indignos» (véase Romanos 11:6); 3) trata de ganar su propia salvación o «complementar» el sacrificio de Cristo; 4) sigue el error de los fariseos al incluir rituales y tradiciones hechas por el hombre en su doctrina; o 5) no se centra en «todo el consejo de Dios» (Hechos 20:27).

Cuando el Espíritu Santo guía nuestra búsqueda de las Escrituras, podemos «estudiar para mostrarnos aprobados ante Dios» (2 Timoteo 2:15) y descubrir la belleza de una gracia que produce buenas obras.